
Es bien sabido en este jardín que lo peor que puede sucederle a una hormiga es cruzarse con la niña. Cualquier adversidad de la naturaleza como una tormenta, un viento fuerte o un granizo puede enfrentarse. Miles de años de adaptación han hecho de las hormigas, insectos de lo más tenaces. Luego de las cucarachas y los mosquitos, las hormigas son las terceras en el ranking de la resistencia. Tanto es así que ni los insecticidas más potentes pueden con ellas; están inmunizadas contra cualquier químico. Es más, se divierten a lo loco viendo a la señora de la casa echando polvitos o aerosoles a lo largo del cantero. “Pobre doña, que ingenua”, se mofan ellas mientras mastican tranquilas unas hojas de la Santa Rita. Pero con la niña las cosas son diferentes, hasta terroríficas.
Nada de pequeñita inocente y tierna, la menor de la familia que vive en la casa es una sádica. O por lo menos, eso sospechan las hormigas.
Es un hecho que con la llegada del calor, muchas hormigas han desaparecido. Nadie sabe de su paradero. Y auque es habitual que existan jóvenes hormigas viajeras que quieren aprovechar el verano para irse de recorrida por otras tierras, es particularmente extraño la cantidad de casos que se han registrado. Los testimonios sobre las desapariciones se repiten de hormiguero en hormiguero, y aunque nadie quiere decirlo frontalmente, todos sospechan que esto tiene que ver con la llegada de la niña al jardín.
Esta temporada el miedo ha tomado niveles exponenciales, nunca antes había sido tal la sensación de muerte. La niña elaboró un juego siniestro que terminaría definitivamente con la comunidad de las hormigas, o al menos conseguiría instalar el terror por generaciones. Nadie estaba muy seguro de que se trata el juego, pero a medida que van pasando los primeros días del verano se empieza a precisar más el rumor acerca “el natatorio”.
Se dice que ese lugar está instalado cerca del lavatorio, en el extremo oeste del jardín. También corre la versión de que la niña estuvo un día entero para montar la infraestructura del juego que desarrollaría –para el temor de las hormigas- durante todas las tardes de verano. Una mañana la niña abrió la puerta del fondo y salió al verde cargada de recipientes de vidrio, cacerolas viejas, coladores, cucharas, talco para los pies, toallas, cinta adhesiva, marcadores de colores, papeles y escarbadientes. Eligió un rincón donde ubicó todos estos elementos y luego, de establecer para si misma las reglas del juego dio por inaugurada las instalaciones.
La parafernalia asesina –conocida como “el natatorio”- está formada por tres escenarios: las piletas de natación, el hospital de reposo y el centro de rehabilitación y entrenamiento. Todo un terrorismo sistemático ha sido montado en el jardín y estos dispositivos son parte de esa estructura.
La niña tenía debilidad por las hormigas, ningún otro insecto del cantero le atraía como ellas. Se supo que en una época tenía la idea fija con los bicho bolita, y fue tremendo para ellos. Pero tuvieron la suerte de que fue sólo un capricho pasajero, pronto la niña los encontró muy aburridos y complacientes. Se dejaban dominar, y bien sabemos que nada menos estimulante para un sádico que un dominado que no pone ni un poco de resistencia. En la desobediencia está el condimento. Y las hormigas eran sal y pimiento para el paladar de la mocosa. Este verano no habría más victimas que ellas.
El día de la inauguración comenzó la etapa más oscura para la sociedad de las antenas. La niña se acercó al cantero, capturó tres hormigas que andaban caminando distraídas por el jazmín paraguayo y las introdujo en un frasco de vidrio. La niña se dirigió con el frasco en su mano hacia el rincón donde estaban las instalaciones y lo dejó apoyado en piso. Las tres hormigas, desesperadas, golpeaban el vidrio y recorrían a toda velocidad las paredes del mismo para encontrar una salida. Fue en vano, el frasco estaba cerrado. La niña llenó una de las cacerolas viejas con agua y tiró las hormigas en ellas. El juego había comenzado.
En un intento desesperado por sobrevivir las hormigas pataleaban, trataban de treparse en los bordes de la cacerola, o al único pétalo de flor que flotaba en el centro de la “pileta”. Pero como el mismo sólo resistía el peso de una de las hormigas, peleaban entre ellas para alcanzarlo; manotadas, golpes, gritos. Las situaciones limite sacan lo peor de nosotros, y de las hormigas también. De la desesperación terminaban ahogándose unas a otras. Esto era observado con sumo placer por la niña, ver la desesperación era parte de su goce.
Claro que luego de unos minutos, la situación no tenía retorno alguno. Las hormigas no fueron entrenadas para sobrevivir en el medio acuático y su paulatino hundimiento en la cacerola daba cuenta de ello. Sus cuerpos descendían a las profundidades, livianos, como danzando en un mar de muerte. Pero la niña no quería el exterminio, sino el juego terminaba muy rápido. Por eso las hormigas eran sacadas del agua antes de morir.
Luego del ahogamiento el juego se trasladaba al segundo escenario, el hospital de reposo. Allí la niña secaba sumamente a las hormigas con una toalla y las recostaba en unas camas elaboradas con pétalos de malvón. La calma y la dulzura parecían llegar para las lesionadas, pero era un engranaje más de toda la travesura infantil. Si la hormiga respondía enseguida a los estímulos y las curaciones, se la volvía a tirar a la cacerola con agua. Si la recuperación era más lenta y dificultosa, la dinámica continuaba en el tercer escenario que era el centro de rehabilitación y entrenamiento. Allí la hormiga con dificultades motrices post-ahogamiento era rehabilitada en diferentes practicas como caminar sobre palitos de madera, trepar y saltar de una flor a otra, recorrer en el menor tiempo una hoja entera de helecho, etc. Todo para volver a retomar el estado físico optimo…. y volver a tirarlas en la pileta. Si, el juego era circular, macabro, desgastante.
Las hormigas no podían soportar tanto abuso y dolor; reacciones de más adversas se observaban entre las capturadas. Algunas eran ingenuas y pensaban que obedeciendo a los requerimientos de la niña podían ganar su piedad y podrían salir de la pileta para volver a su hormiguero. Otras luchaban con todas sus fuerzas para sobrevivir y escapar. Algunas quisieron pasarse de vivas y tuvieron su merecido. Tarde o temprano también la muerte se asomaba al juego de natatorio, tapando con una sombra oscura todo destello de esperanza. Algunas hormigas se convencieron de que no había escapatoria, de que era imposible escapar de la mirada omnipresente de la niña y de su inagotable energía para continuar con el juego día y noche. Bajaron los brazos (mejor dicho, las patas) y se entregaron finalmente a la muerte; única e intima escapatoria ante el dolor y la pesadilla constante. Conforme iban pasando los días, cada vez más hormigas pasadas por agua una y mil veces morían bajo el sol sofocante de Enero. Decenas de cadáveres tirados a los pies de las cacerolas encontraban su último descanso. Así se sumó el último escenario: el cementerio de Catalinas.
La niña era muy cruel pero no dejaba de ser niña. Le ponía nombre a todo: a cada muñeca nueva, a los dibujos que hacia en sus cuadernos, a los canarios de su abuela, etc. Todo era identificado con un nombre propio, hasta la muerte. Cada hormiga caída en el juego se convertía en una Catalina, alias preferido de la niña. El cadáver era envuelto en cinta adhesiva y trasportado con sumo cuidado al extremo este del jardín. Allí se había montado el cuarto escenario de este juego, bastante alejado de la tierra de los hormigueros y de sus propios cementerios. Este lugar estaba compuesto por hileras de cruces confeccionadas con escarbadientes que a medida que pasaba el verano aumentaba en su cantidad de tumbas. Dado que todas cargaban con el nombre Catalina, era diferenciadas por n° de llegada a la ultratumba. Así teníamos para la segunda quincena de Enero, Catalinas de la uno a la cincuenta y tres.
Algo de arrepentimiento y respeto había en esa parte final del juego. La hormiga recién fallecida y empaquetada era enterrada en nueva tumba individual. Un pequeño cartel con su nombre y n° junto con unas florcitas eran los adornos fúnebres para la ocasión. Al fin de cuenta, la niña quería a sus hormigas y quería despedirlas con honores. Habían sido sus victimas, pero también sus únicas amigas en el barrio.
Los padres de la niña observaban la pequeña ceremonia desde una ventana. Nadie entendía bien a lo que jugaba, “cosas de nena” decían.
Ellos no entienden nada acerca de sus niños, las hormigas bien lo saben.
*Este es un fragmento del cuento entero. Tanto texto y sadismo es mucho para un blog.




