El café de las 18.30

{ 5.8.10 }

No quiero dejar pasar esta oportunidad, no otra vez. No como cada vez que te veo y se me queda atragantado el humo de cigarrillo que simulo espontáneo. Bien sabemos que cada gesto transmite algo, así nos lo enseñaron en la escuelita de fotocopias gastadas y stickers del Che Guevara. Cada gesto, my friend. Tendrías que observar mejor así de una vez por todas nos dejamos de jugar a las escondidas.
El café de las 18.30 no es puntual y encuentra varios inconvenientes en concretarse, en materializarse en un bar, en una calle, en un barrio, en un horario. Resulta una actividad altamente compleja reunirse face to face con alguien, cuanta virtualidad viejo! Así no hay vínculos que prosperen fuera del emoticon y la mar en coche. Y yo acá, podrida de tanto MSN y Facebook necesitando verte la cara para confirmar lo que no te digo, lo que me reservo y no te comparto. Así con cara de póker y buena amiga, una mentira más grande que una casa. O tal vez el gesto más honesto que puedo tener a esta altura después de tantas especulaciones y conversaciones sobre Foucault. Si el pelado estuviera acá con nosotros, en este café, andá a saber lo que diría…. Se mearía de la risa. Tal vez estaría mirándote prender tu tercer cigarrillo, como lo estoy haciendo yo ahora. Y hasta le resultaría gracioso vernos tan pretenciosos, tan snobs, tan poca cosa. Somos dos estupidos, sabias. Acá haciéndonos los importantes con nuestras citas de autores y nuestras investigaciones…. Cuanta vanidad che. Y mientras tanto yo que quiero hablarte de tantas otras cosas que poco tienen que ver con toda esta charlatanería. Quisiera contarte de aquello que vi hace mucho tiempo, tanto tiempo ya. Ese sobretodo que vi pasar y me quedó grabado. Que cosas pavas que me acuerdo, siempre fui igual. Los signos. Entendes ¿no? “Es que tengo algo contenido” mirá si sos oportuno porque justo quería decirte,….. Pero no. Otra vez bajo la mirada. Quisiera hablarte de los episodios feos de los últimos tiempos, de todas las malas jugadas y de los estafadores del corazón que me jodieron bien de lo lindo. Pero el problema no es ese my friend, sino que yo soy una romántica y cada día me descubro más en Sacher-Masoch que en Sade. Lo cual es muy peligroso en estos tiempos de abandono y de mensajes de texto no respondidos. Una puede creerse cualquier gilada con una facilidad admirable. Si, si. Todo eso hiere y se hace cicatriz. Y mientras tanto vos y el sorbo interminable al café con leche que ya reposa helado delante mío pero que sirve de mascara ideal para mirarte por encima del borde de la taza. Mirá si no es ridículo todo esto. Si no es para cagarse de la risa. “Y contame, ¿cómo anda tu vida?”. A pregunta pelotuda, respuesta pelotuda. Es un hecho. Realmente no me importa lo que decís porque se que no me vas a responder nada muy interesante. Nunca vamos a hablar de lo que realmente hay que hablar. Y si esperamos que San Coraje me ilumine, estamos fritos che porque mucho no creo en los santos. Sólo en el Guachito y Cupertino que me caen simpáticos. Entonces dejar la cuchara a un costado de la taza, mirarte a los ojos y decirte que… no tiene mucho sentido. Puta madre cuantas veces ya pensé esto, muchas, muchas. Miras la hora en el celular y me decís que en un rato te vas. Obvio, siempre igual. La paja intelectual y listo. Pura obviedad y la cuenta a la moza. Lo absurdo es que te digo que si claro es verdad es tarde habría que ir volviendo total nos podemos juntar otro día claro claro. Ya estas juntando tus cosas y yo que me quedo sin contarte lo que dolió acá el año, acá en la parte de la cama que siempre está vacía y espera. Aunque eso no quita la voluptuosa ocupación de casas y cuerpos ajenos, que me entretienen y enamoran de vez en cuando. Te contaría del chico de ahora. De lo bien que está saliendo eso. De cómo te me vas desvaneciendo.
El tiempo my friend, la gota que rebalsó mi vaso con vos. La necesidad de despabilarte, pegarte un sopapo por todo este tiempo de no mirar más allá de tu ombligo. Tremendo egoísta resultaste. Secante. Narcisista y miope. Si, dale vamos. Claro, otro día nos vemos con más tiempo claro. Hay que dejar que pase el invierno porque ahora me pareces más seco que una hoja, más lejano que una tarde de verano, río y bicicleta. Hasta lo mejor sea esto: tomar el último sorbo de café con leche, ponerme el saco, salir a la calle y fumar el último cigarrillo de la tarde mientras nos vamos a nuestras respectivas casas. Dejarlo así, que se le va a hacer. Las cosas buenas realmente pasan, y cuando no pasan…. Sólo hay que irse caminando y tomarse el colectivo.

4 comentarios:

nomesalelapalabra dijo...

"Y mientras tanto vos y el sorbo interminable al café con leche que ya reposa helado delante mío pero que sirve de mascara ideal para mirarte por encima del borde de la taza. Mirá si no es ridículo todo esto" De verdad que sí. Somos tan ridículos a veces... Lindo relato y lindas verdades.

Anónimo dijo...

Formidable relato estimadísima Pikachu! yo te dije desde un principio que ese chico no me cerraba, que no te iba a hacer nada bien... Sabés que te leo y me dan ganas de abrirme un blog y empezar a compartir la palabra con amigxs, pa que fluya un poco más!

Cariños

Vicky Justina

Lucas dijo...

No sé como llegué acá... pero encontré algo hermoso.

Anónimo dijo...

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